domingo, 21 de agosto de 2016

Opondré resistencia

La hija gorda
La hermana fea
La amiga siempre
La amante nunca.

A veces temo que estas imágenes mías y no otras
sean las únicas que yo vea en mi ocaso,
en el último repaso de mi acontecer.

Tengo miedo de ver en mí
-antes de cerrar los ojos para siempre-
a un ser inacabado
a alguien que nunca se sintió plena
completa, libre, feliz.

Porque parece que a eso
[al cuerpo-tránsito
al asco inmediato
al odio científicamente argumentado]
 estamos condenadas las gordas.

Por chanchas, por cerdas, por vacas, por focas,
por glotonas, por pecadoras,
por excesivas, por excedidas, por repulsivas,
por negarnos a dejarnos hacer,
por querer ser...

¿Pero saben qué?

Soy más que un número en la lista de obesas del mundo.
Las obesas del mundo somos más que un número en la lista de gente
con la que acabar a golpe de metralleta dietética.
Somos más que calorías ingeridas y calorías quemadas.
Somos más que el reflejo del espejo y la fotografía photoshopeada:
somos los ojos que las miran.

Y yo no quiero llegar a mi final
abrazada al deseo de haber sido otra
pensando que lo respirado no valió la pena
que no aproveché mi fugaz estancia en este sinsentido que es la vida
que incluso mejor podría no haber ni existido.
  
Me niego rotundamente.
Me niego rotondamente.
Me niego redondamente.

Me niego desde lo alto y ancho de mi cuerpo
desde mis amplias carnes, mis pulpas, mi blando tacto,
me niego desde toda mi piel:
me niego a irme llena de tu odio y tu desprecio,
y no rebosante de mi amor y mi alegría,

así que

opondré resistencia.

La única curva que no aceptaré en mí
es la que se dibuja en mi cuello cuando miro avergonzada hacia el suelo.

Opondré resistencia.

Porque me niego a irme de cabeza gacha y no erguida.

Opondré resistencia.

Porque puede que al final no venza
Pero no viviré vencida.

Opondré resistencia.

Ilustración de Laura Mahía [Fuente: Stop Gordofobia]

lunes, 15 de agosto de 2016

LA GORDOFOBIA COMO SISTEMA DE OPRESIÓN. La gordofobia existe. No estamos locas.


Este texto forma parte del capítulo tercero de mi libro "Stop Gordofobia y las panzas subversas", una pequeña publicación editada por Zambra y Baladre con la intención de hacer una introducción teórica a la gordofobia]




De la página de Facebook "Corporalidades Subversivas"


Hay formas de distribución de la vulnerabilidad, formas diferenciales de reparto que hacen que algunas poblaciones estén más expuestas que otras a una violencia arbitraria.
Judith Butler

Una aproximación al concepto de opresión.

Basándonos en la filósofa Iris Marion Young[1] definiremos la opresión como aquella situación de desventaja, injusticia, reducción o exclusión que sufren unos grupos sociales por las prácticas cotidianas de la sociedad. Estamos hablando de impedimentos, barreras y limitaciones sistemáticas a causa de normas, hábitos y símbolos sociales que no son cuestionados por la sociedad (sino cumplidos automáticamente por educación, presión o costumbre), como tampoco son cuestionados (en muchas ocasiones) los motivos que originan dichos comportamientos ni las consecuencias que ellos tienen.

La opresión se alimenta a través de los estereotipos sociales y culturales, los medios de comunicación, los mecanismos del mercado, etc. Es decir, las opresiones son sistemáticamente reproducidas en las más importantes instituciones económicas, políticas y culturales de nuestras sociedades, por eso decimos que son sistémicas y estructurales. Hablamos del sistema laboral, del concepto de belleza, de homofobia, racismo, exclusión de las personas mayores, etc.

No siempre los grupos oprimidos tienen correlativamente un grupo opresor, pero sí le corresponde a cada grupo oprimido un grupo privilegiado, es decir, un grupo que se beneficia de la opresión del primero, aunque sea –incluso- de forma involuntaria e/o inconsciente. Por ejemplo, en el caso del racismo y sus agresiones físicas podemos decir que hay un opresor directo y consciente. Sin embargo, no podemos decir lo mismo quizás cuando hablamos de diversidad funcional, cuando las personas deshabilitadas[2] sufren una opresión y sin embargo las habilitadas tenemos un privilegio sin quererlo o sin ser totalmente conscientes de ello.

La opresión gordofóbica.

En simples palabras, llamamos gordofobia a la discriminación a la que nos vemos sometidas las personas gordas por el hecho de serlo. Hablamos de humillación, invisibilización, maltrato, inferiorización, ridiculización, patologización, marginación, exclusión y hasta de ejercicio de violencia física ejercidas contra un grupo de personas por tener una determinada característica física: la gordura.
Son muchas las personas que nos han argumentado que “no es para tanto” este asunto de ser señalada por ser gorda, pues también son señaladas las personas que tienen otras cualidades consideradas popularmente “defectos físicos” o “fealdades” como pueden ser los aparatos dentales, la caspa, las gafas, los granos, etc. Es más, ¡todas las personas tenemos complejos! Tiempo nos costó encontrar el contraargumento a esta cuestión. Porque, ¿qué diferencia los complejos que tiene una persona gorda de los que tiene alguien que no es todo lo alto que quisiera u odia su pelo rizado? ¿Qué diferencia las burlas sobre las personas gordas de las burlas que recaen sobre una persona con granos o calvicie? ¿Acaso no todas las burlas sobre nuestros cuerpos producen dolor y merecen nuestro rechazo?  ¿No es cierto que  todas las personas deberíamos tener derecho a vivir una vida sin complejos?

Pues claro que sí. Pero esa no era la cuestión. Yo sentía que aún siendo miope (y usuaria habitual de gafas), poseedora de una piel poco tersa, de una teta mucho más grande que la otra, y recientemente diagnosticada con vitíligo en la cara, había algo distintivo en el hecho de ser gorda. Ser gorda era diferente de todas mis otras características físicas. Mi cuerpo gordo me hace sentirme encerrada en una jaula de cristal de la que no puedo escaparme nunca, me siento permanentemente observada, señalada y cuestionada a través de los cristales de mi peculiar cárcel. Una cárcel en la que además no me encuentro sola sino acompañada por cada una de las personas que comparten una misma y notable cualidad física conmigo (la gordura). Desde este lugar nuestros cuerpos son hipervisibles, pero nuestras vidas, nuestras voces y nuestros sentimientos son completamente invisibles.

¿Por qué estamos aquí? Me preguntaba yo.

Con el tiempo comprendí que la diferencia entre la gordura y el resto de las características físicas citadas residía en el hecho de que no existe un sistema ideológico que produzca, reproduzca, garantice, difunda y refuerce CONSTANTEMENTE la discriminación, el odio y el rechazo de todo el colectivo de personas calvas, miopes, de pelo rizado, altas o con granos, y sin embargo sí existe tal sistema ideológico con estas funciones de cara a la gente gorda, un sistema ideológico que activa y hace funcionar la citada cárcel de cristal. La señalización de aquellas primeras peculiaridades físicas es individual, o a lo sumo circunstancial, pero no ocurre todo el tiempo, todos los días, con todas las personas, ni en todos los sitios, como sí ocurre –por el contrario- con la gordura[3]. Es innegable que los complejos son igualmente dolorosos a nivel individual. No me meto en eso y jamás diría lo contrario. Pero es más difícil luchar contra el dolor interior o salir del complejo cuando la experiencia exterior al completo sigue reforzando –todo el fucking time- la causa misma o la raíz de tu dolor. Dicho de otra manera: no se puede salir del pozo a nivel individual cuando la colectividad te sigue empujando hacia adentro, en conjunto y con todas sus fuerzas.

Por ello podemos añadir algo más: la diferencia entre tener un complejo (que todas los tenemos) y ser una persona gorda es que en el primer caso la única persona preocupada por tu “físico” eres tú, mientras que en el caso de la persona gorda es una sociedad entera la que lo tiene en el punto de mira, la que lo tiene en perpetua observación, señalización, crítica y discriminación. Lo mismo ocurre cuando eres mujer o tienes un cuerpo racializado (negro, latino, etc.). En estos casos, el grueso de la sociedad comparte un concepto sobre ti y sobre tu cuerpo, una forma común de pensar respecto a él, que hace recaer todas las consecuencias de ese pensamiento sobre ti, imponiéndote límites las 24 horas del día, todos los días y en todos los espacios de la vida (cultura, política, medios de comunicación, relaciones afectivas, trabajo, etc.), convirtiendo así tu vida como mínimo en un brasero, llegando en ocasiones a verdadero infierno. Esto significa que, al igual que el racismo o el machismo, la discriminación de las personas gordas es algo estructural en nuestras sociedades, es decir, la gordofobia opera como un sistema de opresión para todo el colectivo de personas gordas, con mayor o menor grado pero sin excepciones.

Por lo que respecta al “grupo privilegiado” que se beneficia de nuestra opresión, Elisa Fabello en Let’s talk about thin privilege explica que las personas delgadas son las que se benefician de la opresión gordofóbica y viven en situación de privilegio gracias a ésta. La lista de privilegios puede ser larga, así que mejor dejamos que hable por sí solo el comienzo del artículo de Fabello:

“Mido 1,60m y peso 56 kilos. Mis medidas son 90-60-90. Me pongo camisas de talla M, llevo una 38 de pantalones vaqueros, y (en caso de que se lo pregunte), tamaño 39 de zapatos. Nunca he entrado en una tienda de ropa en la que no haya encontrado artículos en mi tamaño. Nunca tuve que pagar más por un asiento de avión. Nunca nadie me ha rechazado como posible cita en función de mi cuerpo, ni nunca nadie se burló abiertamente de mí mientras me comía unas papas fritas en público. Nunca he experimentado que un médico me recete "¡pierda peso para sentirse bien!" como solución a mis problemas o enfermedades. Y puedo abrir un artículo con mis medidas sin temor a ser enjuiciada. Yo camino por este mundo como una persona delgada. Y, como tal, nunca he experimentado discriminación por ser gorda, nunca he experimentado la gordofobia.” [4]

Fabello deja claro en este fragmento la omnipresencia y restricción de las opresiones, citando cuestiones tan cotidianas como comer, viajar, comprarse ropa, ir al médico o hablar de su cuerpo y de sí misma. Y es que –según la autora- una de las características más importantes de la opresión es que nunca podemos huir de ella, porque vayas donde vayas, todo lo que ves y todas las personas que conoces, la reiteran y la refuerzan.

Un primer matiz de género: “¡Pero a todas las mujeres nos exigen delgadez y belleza!”

En todos los talleres y charlas que he dado desde que empezamos nuestro activismo gordo con Stop Gordofobia, al menos una mujer ha levantado la mano para realizar la siguiente pregunta, o más bien la siguiente crítica constructiva: “¿por qué centrarse en las gordas si a todas las mujeres nos exigen delgadez y belleza? ¿acaso las delgadas no sufrimos también la tiranía de la belleza?” Y la verdad… tenían razón. Estoy totalmente de acuerdo con que a todas las mujeres nos exigen delgadez y belleza, y sobre todas las cosas, nunca somos lo suficientemente delgadas ni lo suficientemente bellas para esta sociedad patriarcal que se ceba en exigencias para con nosotras y nos inculca deseos insaciables de perfeccionamiento. Sin embargo, en S.G. con el tiempo llegamos a encontrar respuestas a estas preguntas y a explicar por qué teníamos esa necesidad de visibilizar a las gordas en especial: todas las mujeres estamos oprimidas por el género (con su cuota de exigencias estéticas), y muchas podrían decirme que todas también lo estamos por la gordofobia (a un nivel interno por el deseo constante de ser cada vez más delgadas), pero no sobre todas recae el peso social del peso, valga la chistosa redundancia (¡ja!). Las gordas sufrimos en nuestros cuerpos el peso completo de la gordofobia. Cuando una chica delgada dice “quiero adelgazar” es probable que en su entorno encuentre más de una voz discordante. Las gordas no encontraremos ninguna. Cuando una chica delgada pasa mucho tiempo sin comer o se está matando a hambre, es probable que encuentre a alguien que le recuerde que debe comer o se preocupe por ella. A las gordas nos incitan a adelgazar y pasar hambre para ver si así adelgazamos. Así que, al igual que no es lo mismo ser mujer negra que mujer blanca, mujer nativa que extranjera, mujer pobre que rica, heterosexual que lesbiana, cisgénero que transgénero, etc., tampoco es lo mismo ser gorda que flaca. Esto no implica que las mujeres no estemos todas oprimidas por el género y la belleza que éste exige (¡faltaba más!), pero la opresión gordofóbica como vimos hasta ahora es independiente y se suma a la de género. Es decir, que una cosa es estar oprimida por el género, otra cosa es estar oprimida por la gordofobia, y otra cosa es estar oprimida por las dos. Y lo cierto es que las mujeres que estamos oprimidas por la gordofobia tenemos una necesidad imperiosa de denunciarlo, visibilizarlo y cuestionarlo. Sin embargo puede que sea necesario el siguiente matiz: como bien siempre recalca el compa Carlos Savoie, no queremos jugar a ver quién gana el certamen de “Miss Oprimida”. La verdad, no creo que haya jerarquías entre las opresiones. Ser oprimida siempre es una mierda, venga de donde venga la opresión. Pero las gordas, para rebelarnos y luchar contra la opresión corporal que padecemos, primero teníamos que nombrarla.


GOR-DO-FO-BIA. Existe. Nuestra panza lo ha gritado. Y no estamos locas.




[1] YOUNG Iris Marion, La justicia y la política de la diferencia, Madrid: Ediciones Cátedra, 2000.
[2] Me he tomado la libertad de traducir el concepto de disable  al español, para no utilizar “discapacitadas”. El concepto anglo disable (deshabilitado/a) entiende que las personas tenemos funcionalidad diversa y no es que unas estén discapacitadas y otras capacitadas, sino que habemos unas habilitadas para andar por el mundo con libertad, mientras que otras se topan con numerosas limitaciones. No es que ellas no se adapten al mundo, es el mundo el que no se adapta a ellas.
[3] Me parece importante recalcar que en este caso estoy hablando de personas en la etapa de la vida adulta. No me considero con postestad ni conocimientos para hacer análisis de los casos de bullying escolar. Si bien el bullying gordofóbico está a la orden del día, la gordura no es el único motivo de bullying escolar. Este asunto requeriría de un análisis propio e independiente a los márgenes de esta publicación.
[4] FABELLO Elisa, Let’s talk about thin privilege, 2013 [http://everydayfeminism.com/2013/10/lets-talk-about-thin-privilege/ consultado el 10/06/2015]